Cuando una persona atraviesa un episodio o un trastorno de ansiedad, una pregunta aparece casi siempre: “¿Por qué me pasa esto a mí?” No es solo una duda médica o un intento de encontrar el origen. Muchas veces es una búsqueda de sentido, de propósito. Una forma de ponerle orden a lo que duele. Esa pregunta puede surgir en medio de una crisis de pánico, en una noche de insomnio o incluso en una charla cotidiana. Y aunque a veces no lo digamos en voz alta, puede sonar fuerte adentro nuestro. Y doler más cuando no encontramos una respuesta clara.
A veces, en ese "¿por qué?", lo que buscamos es comprender: entender los mecanismos, las causas, el "cómo". Pero incluso en esa búsqueda legítima, también podemos perdernos. Muchas veces les digo a mis grupos que el "por qué" puede convertirse en una trampa mortal, especialmente si lo dejamos abierto y sin marco.
Jean Piaget, psicólogo suizo pionero en el estudio del desarrollo cognitivo y del aprendizaje humano, analizó cómo los niños interpretan el mundo. Describió dos formas fundamentales de preguntarse “¿por qué?”: una de tipo causal y otra de tipo finalista. La causal busca razones objetivas: “me siento así porque no dormí bien”. La finalista busca propósito: “me pasa esto para que aprenda algo” o “porque la vida me está queriendo mostrar algo”.
Este tipo de pensamiento finalista, que en la infancia tiene una función organizadora del mundo, en la adultez puede convertirse en un arma de doble filo. Porque si no encontramos ese “para qué”, el dolor puede sentirse aún más absurdo. O peor: puede volverse culpa.
Hacerse preguntas es parte del proceso humano. Buscar explicaciones nos ayuda a comprender, a tomar decisiones, a construir identidad. Pero cuando los “por qué” se multiplican sin fin y cada respuesta abre nuevas dudas en lugar de traer alivio, podemos quedar atrapados en un laberinto mental. Un ciclo donde la ansiedad se alimenta de sí misma.
No siempre hay una causa clara. La ansiedad puede ser el resultado de una combinación de factores: predisposición genética, ambiente, historias pasadas, estilos de pensamiento, situaciones actuales. Y a veces, no hay nada “malo” que la cause. Simplemente está. Y cuanto más intentamos “entenderla” desde la lógica pura, más se escapa.
En terapia, muchas veces trabajamos con las personas para transformar ese “¿por qué me pasa esto?” en otras preguntas que abren nuevas puertas:
— “¿Qué me está queriendo decir esta ansiedad?”
— “¿Qué puedo hacer ahora para acompañarme mejor?”
— “¿Qué parte mía necesita cuidado o escucha?”
— “¿Cómo puedo volver a sentirme en eje, aun cuando no tenga todas las respuestas?”
No se trata de dejar de pensar, sino de pensar distinto. De pasar de una mirada pasiva y resignada a una más activa y compasiva.
En momentos de ansiedad, las preguntas que nos hacemos son tan importantes como las herramientas que usamos para calmarnos. No todas necesitan respuesta inmediata. Algunas necesitan espacio, compañía, tiempo. Acompañar a alguien que se pregunta “¿por qué me pasa esto?” no implica tener una respuesta perfecta, sino estar ahí para que esa pregunta no se sienta tan sola.
Y si sos vos quien está preguntando eso ahora, o si esa pregunta te acompaña desde hace tiempo, quiero decirte algo simple: no estás sola. A veces, formular la pregunta ya es el primer paso de la respuesta.
2025-05-07T17:46:42Z